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Paisajes interiores

El Mite Poètic

El Mite Poètic

Con una aparente simplicidad compositiva y cromática, con­sigue Alfonso Sánchez Luna evocarnos la luz de un paisaje marino o la sensación de la luz de un atardecer. Pese a la abstracción de las piezas, el autor no esconde un cierto de­seo de representación, más ligada a las sensaciones perso­nales que argumenta/, imágenes evocadoras de un paisaje no tanto físico como interior, surgidas del sentimiento y de su expresión, calmada y cifrada en el medio pictórico, en la agilidad de la aguada o en la magia del aguafuerte.

En el último año el artista ha trabajado dos tipos de obra sobre papel; pinturas al temple y aguafuertes. Los temples parten de un substrato gráfico, de la experiencia diaria del artista con el aguafuerte; para ellos no prepara el soporte con una imprimación sino con una "pasada" grafica previa, con una especie de monotipo que, sometido al tórculo, da al papel un tono, una mancha, de partida sobre la que después ejecuta la danza del pincel. Incluso partes de este plantea­miento coreográfico posterior con el pincel y el temple llevan toques de resinas, que explotan o hieren la danza de color como lo hace el ácido sobre la plancha de cobre, otras ve­ces suspende sobre el papel manchas de color con la pre­sión de un cristal como si de nuevo su pintura necesitara someterse al destino de la presión grafica. En cualquier caso la obra aquí presentada es fundamentalmente pictórica, que en su conjunto compone una danza de color.

Al margen de su actividad pictórica, Sánchez Luna ha de­sarrollado una importante actividad docente como profesor dedicada especialmente a la experiencia gráfica. La obra de Sánchez Luna ha ido evolucionando hacia una abstracción lírica, caracterizada por el juego de color y la creación de una cierta estructura, con tonos de imprimación que provie­nen de la transferencia gráfica, de la presión de una mancha de color, de su huella. Sobre esta huella de partida se alza después una melodía, un canto o una voz que discurre, que traza su curso improvisado, como lo hace una composición de jazz. Es una pintura transparente pero sólida, inscrita en un gesto fugaz, que busca, sin embargo, la permanencia del trazo. En esta ocasión, en estos últimos meses, los temas se sostienen en un viaje por las Metamorfosis de Ovidio. No son una simple representación sino responden a una lige­ra sugerencia alimentada en la lectura del poeta latino. Este viaje poético por los textos, a veces por los simples versos, desemboca en una superficie de color, en la autonomía de unas formas, que intentan no describir sino inscribir en el espacio y en la luz la memoria de esa emoción de los versos. La vibración de una frase de Ovidio en el ánimo de Sánchez Luna funciona como en Sorolla la mirada a un paisaje: los versos arrastran al pincel, y a la mano que lo mueve, a preci­pitar, a condensar el viaje de la lectura en otra experiencia, la pictórica.

Busca el artista que las cualidades sinestésicas del color la luz y la composición transfieran al espectador aquellos esta­dos de ánimo, aquella vibración experimentada antes por él, a través de sutiles variaciones atmosféricas, de la vibración del pigmento transportado en el temple. Sánchez Luna con­templa la materialidad de grandes planos como soporte de líneas, espacios y manchas de la pintura. Luego excava en los ritmos de la gestualidad, en una pintura más detenida en las texturas y en su contenido interior. Los colores, suaves y vaporosos, nos remiten a la textura transparente de los tem­ples, al pigmento diluido y fijado en agua y huevo, aportando a la obra un claro sentido de libertad y de azar, de aroma mediterráneo.

Son imágenes que el autor hace resonar y lo hace con el juego de planos superpuestos, de ramblas de color que fun­cionan como un palimpsesto, en el que se activarán presen­cias, matices insospechados en el espacio del papel donde tiene lugar el matiz; los colores son los aromas, las imágenes evocadoras o los recuerdos que se cristalizan en imagen. En la distribución de planos, en la conformación de masas, en la dialéctica de tensión entre el color y la luz amasa y cifra Sánchez Luna una poética que busca sugerir estados de ánimo o cifrarlos: un dialogo con el papel y con el pincel que significa una apertura hacia el espectador, buscando no una complicidad sino una emoción compartida. El escritor, poeta y crítico de arte francés Francis Ponge (1899-1988), compañero de viaje de surrealistas y existencialistas, amigo de Braque, Masson, Giacometti, en La rabia de la expresión de 1952 (publicado en castellano en el volumen titulado La soñadora materia, Barcelona 2007) señala que su afán como escritor era lograr que el conocimiento transmitido fuera se­mejante a lo que deseaba expresar, confundir tema y escri­tura: "Confundamos, confundamos sin vergüenza el Sena y el libro en que debe convertirse". Como poeta no buscaba la representación sino la expresión, en la que confundir la pagina con el objeto. Como la escritora Clara Janes ha dicho al respecto "lo que el poeta francés intenta es cambiar lo real por lo escrito, es decir, el mapa por el territorio. De la misma manera Sánchez Luna nos va dejando en el papel la estela de su viaje interior, el surco de su navegación por ese mar en blanco que es el soporte y donde el pincel y el temple con su viento interior derivan, empopan, se ciñen a imaginarias balizas y al final nos dejan el trazado de una excelente nave­gación, de una regata o del desafío interior que significa toda experiencia artística.

Sánchez Luna presenta un universo elegante y austero de formas que a la vez ejerce una fascinación hipnótica, en los movimientos de pincel y en los pequeños matices relacio­nados con la disposición. Es una estética más relacionada con la atmósfera de la música, con la fascinación del ritmo, con el sentimiento implícito en la melodía y no con la icono­grafía o con las referencias de representación. La sencillez sofisticada de su obra es reflejo de la actitud pragmática con una gran sensibilidad hacia lo material, hacia los pasos constructivos, y derivada de una actitud profesional de verse enfrentado a la experiencia grafica todos los días con sus alumnos. Esta estética de partida (y de llegada) es inherente a su concepción de la pintura desde una profunda libertad, de su capacidad para no aferrarse a la necesidad de teorías o de interpretaciones, que también caracteriza su labor do­cente, lejana de dogmatismos.

Por eso su obra está despojada de las inseguridades, com­plejos y ambiciones de genialidad vanguardista que abocan a otros compañeros de docencia al discurso doctrinario, a la defensa a todas horas de sus postulados. Sánchez Luna pre­senta una obra con un enorme carácter personal que tiene que ver con su paisaje interior. Sus trazos, su color, constitu­yen un territorio, una radiografía de su mente y de su ánimo, describen ese refugio, ese lugar donde él es libre, donde él cancela el tiempo, y encuentra al otro lado del espejo, el espacio de sus sueños. En esos papeles, y con la ayuda de la pintura surca mares, unas obras son mas huracanadas, otras más turbulentas, otras más apacibles, delirantes o ro­mánticas. Sánchez Luna navega en el fluido del temple, y cazando un viento que sólo sale de su ánimo, surca unas ru­tas que no están predeterminadas sino que surgen en cada experiencia, El resultado, todo este conjunto de temples, son como cuaderno de viajes, o mejor como fotografías de esas calas en las que su pintura ha fondeado, y que como una cartografía ha dejado para nuestro disfrute, para que haga­mos en nuestra mirada y en nuestra mente un nuevo viaje.

La obra de Sánchez Luna se acerca a la obra del escritor y pintor francés Víctor Hugo, en esa deriva de la mancha y de la escritura conformando una pintura que tiene mucho de en­sueño, de revelación espectral y erótica, del flujo del penello, de despliegue oscuro de sus sueños. Al hacer vivir en los papeles, en el trazo de sus manchas y de sus reiteraciones, deja Sánchez Luna un electrocardiograma de sus sensacio­nes, un mapa de las corrientes marinas en las que navega su corazón y su mirada, una ruta que despliega y que deja ante nuestra mirada para que nosotros emprendamos ahora otro viaje por todas esas escalas que ha comportado esa travesía en solitario que toda pintura es.

KOSME DE BARAÑANO
CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL ARTE